El incomprendido canto de la chicharra: por qué debemos dejarlas cantar en paz

canto de la chicharra

A menudo, la llegada de los meses más cálidos del año viene acompañada de un zumbido estridente, monótono y vibrante que inunda los campos y jardines: el canto de las chicharras o cigarras. Para muchos, este sonido es el sinónimo definitivo del verano; para otros, puede resultar un ruido ensordecedor y molesto que interrumpe la tranquilidad cotidiana. En torno a estos insectos circulan numerosos mitos urbanos y desinformaciones que las pintan como plagas voraces capaces de devorar cultivos enteros a la velocidad de las langostas, o como molestas criaturas sin un propósito claro. Sin embargo, la realidad biológica de la chicharra es una de las historias de supervivencia y transformación más fascinantes y conmovedoras del reino animal, una que merece ser entendida antes de que decidamos acallar su voz o mirarlas con desdén. Mira aqui porque el canto de la chicharra no debe perturbarnos.

En primer lugar, es fundamental desmentir uno de los errores más comunes y destructivos: las chicharras no comen plantas de la manera en que la gente imagina. No poseen mandíbulas para masticar hojas, no destruirán tu jardín, ni despojarán a los árboles de su follaje como lo haría una plaga de orugas o langostas. El aparato bucal de la chicharra es de tipo chupador (una estructura llamada estilete). Lo único que hacen es succionar pequeñas cantidades de savia de las raíces de los árboles cuando son ninfas bajo tierra, o de las ramas altas cuando son adultas. Este consumo es tan mínimo que prácticamente jamás causa un daño real o significativo a la salud de la vegetación. Lejos de ser enemigas de la naturaleza, las chicharras son huéspedes inofensivos que han coevolucionado con los árboles durante millones de años sin representar una amenaza para su entorno.

Un dato asombroso: Las chicharras pasan la inmensa mayoría de su existencia (desde un par de años hasta 13 o 17 años, dependiendo de la especie) enterradas en la más absoluta oscuridad, alimentándose pacientemente y mudando su piel en silencio.

El verdadero drama de su existencia comienza cuando finalmente emergen a la superficie. Al salir de la tierra y mudar su última piel, las chicharras adultas entran en una carrera contrarreloj extremadamente cruel: les quedan apenas unas 4 o 5 semanas de vida. Tras pasar años preparándose en la penumbra, su tiempo bajo el sol es trágicamente corto. No están aquí para alimentarse a lo grande, ni para colonizar nuevos territorios; emergen con el único y desesperado propósito de reproducirse para asegurar la siguiente generación antes de que sus cuerpos dejen de funcionar. El estridente sonido que escuchamos no es un capricho ni una molestia acústica, es literalmente su canto del cisne, el clímax de su existencia y la única oportunidad que tienen de cumplir su destino biológico.

canto de la chicharra

Este ensordecedor concierto es ejecutado exclusivamente por los machos, quienes poseen unos órganos especiales en los laterales del abdomen llamados timbales. Al vibrar estos órganos a velocidades asombrosas, producen ese zumbido característico que funciona como un faro sonoro en la inmensidad de la naturaleza. Cada especie de chicharra tiene su propio ritmo y frecuencia, una serenata específica destinada a atraer a las hembras que escuchan atentas desde la seguridad de las copas de los árboles. Para el macho, cantar a todo pulmón es una actividad de alto riesgo que consume una cantidad de energía descomunal y, además, delata su posición ante depredadores como aves y avispas. Aun así, cantan sin descanso porque saben, en su código genético, que sus días están contados y que el silencio equivale a la extinción de su linaje.

Por todo esto, la próxima vez que el potente coro de las chicharras invada tus tardes, la respuesta humana no debería ser la molestia o el uso de insecticidas, sino la empatía y el respeto. Déjalas cantar. Ese ruido que a veces interrumpe una conversación es el sonido de la vida abriéndose paso contra el tiempo; es el resultado de años de espera subterránea concentrados en un mes de pura pasión y urgencia biológica. Cuando su ciclo termine en unas pocas semanas, los adultos morirán de forma natural, dejando sus cuerpos para nutrir el suelo y sus huevos listos para reiniciar el ciclo. Permitirles cantar en paz es el mínimo tributo que podemos rendirle a una de las manifestaciones más efímeras, poéticas y grandiosas de la supervivencia animal.

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